martes, 29 de noviembre de 2011

MISTERIO EN EL INSTITUTO




Lo que os voy a contar, no es mentira. No es una broma, ni una leyenda inventada. Lo que os voy a contar, es verdad. Puede parecer mentira pero lo es.
Era un día de julio. Un martes. Martes trece. Como no teníamos colegio, fuimos al parque de la Bastida. Hubo un momento que no sabíamos que hacer, ya habíamos jugado a todo, así que decidimos explorar un poco. Subimos hasta el instituto Torrent de les Bruixes y vimos que una puerta estaba abierta. No era la puerta principal. Tampoco la del patio, sino que era una puerta lateral, en la pared de los grafitis. Miramos dentro y decidimos entrar a echar un vistazo a ver si había alguien. Pero no había nadie. La puerta se cerró, pero pensamos que sería del viento. Dimos una vuelta, y cuando nos fuimos a ir la puerta estaba cerrada. Empezamos a tirar y a tirar, pero no se abría. Clara, una chica alta, delgada, y con cabellos cortos y morenos, se sacó el clip que le sujetaba el pelo, e intentó abrir la puerta, pero nada. Laia, un poco menos alta, y con cabello castaño oscuro, tiró del pomo con todas sus fuer zas mientras Roció , la más baja de las cuatro, y con el pelo más corto, tiraba de ella. Tampoco sucedió nada. Yo, Sara, (para los que no me conozcan, diré que soy una chica de altura mediana, con cabellos rubios, rizados y largos) decidí buscar la el interruptor de la luz, ya que la poca que entraba cada vez era más tenue. Cuando por fin la encontramos, pulsamos. Pero en vez de encenderse la luz, el suelo empezó a temblar, todas caímos al suelo, y cuando pudimos ponernos en pie la oscuridad era tan espesa que ni siquiera se veía a un palmo de la cara.
Buscamos la puerta, o una puerta alternativa, o incluso una ventana. No encontramos nada. ¡¡Nada de lo que habíamos visto, o tocado antes existía!! Estábamos perdidas en una habitación cuadrada sin muebles ni columnas. De repente, un rectángulo en la pared se abrió mostrando una luz cegadora que hizo que todas nos tapásemos los ojos y nos tumbásemos en el suelo para evitar cualquier contacto con aquella masa blanca. Después de unos minutos se extinguió la luz y pudimos salir. Pero no nos encontrábamos en el parque, ni siquiera en el instituto. Estábamos en un lugar extraño. Había claridad, pero era oscuro. Los arboles eran grises, sin hojas, con las ramas caídas. Como si estuvieran tristes. Había un pantano verde y salían burbujas, daba muy mala espina. Una bandada de murciélagos pasó por delante, tan cerca que nos rozaron. Uno de ellos se transformó en una… chica. O eso parecía. Llevaba una capa que le cubría el rosto, pero pudimos apreciar que su melena era negra. Emitió un ruido extraño, que hizo que todas durmiéramos. Cuando despertamos, nos dolía mucho el cuello y no sabíamos porque. El sitio donde estábamos era muy raro. Era como si estuviera boca abajo. Luego comprendimos que no, que éramos nosotras colgadas de los pies a una rama. La habitación era negra, con algún toque rojo o morado. Unos muñecos muy extraños estaban en las estanterías. Dedujimos que sería gótica o algo por el estilo. Teníamos miedo, no sabíamos que iba a hacer con nosotras. Solo teníamos doce años y ella debía tener unos dieciséis o dieciocho como mucho. Su maquillaje y su ropa eran negros. No esperábamos nada de ella y, sin embargo, nos soltó y nos invitó a tomar algo. Era una especie de ponche rojo. Al principio no lo tocamos, pero Clara estaba sedienta y se bebió la copa entera. No le pasó nada, y dijo que estaba buena. Todas la probamos, no se equivocaba. Pasamos un día divertido, pero raro. Nos transformamos en murciélagos, volamos… Hicimos cosas extraordinarias, que ni yo podría imaginar. Solo había una opción para eso. Éramos unas vampiresas.
Luego volvimos a casa, pero antes nos hizo prometer que no se lo diríamos a nadie. Yo he roto mi promesa, pero por vuestro bien, no digáis nada. Olvidad esto, y nunca nunca os metáis en una puerta secreta o rara. …. Y mucho menos si es un martes trece.

Sara Espinosa

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