martes, 21 de diciembre de 2010

CUENTO SIN TÍTULO



Sara estaba entusiasmada por la llegada a la nueva casa.
Mi hermana menor lo veía todo bonito y reluciente.
Ahora debo decir que siempre he pensado que ella tenía una personalidad un poco infantil, a pesar de ya haber cumplido dieciséis años.
Era demasiado inocente e ignoraba los peligros, creía que toda la gente era buena por naturaleza. También, es probable que fuera algo estúpida, o al menos, yo consideraba que hacía tres años era más inteligente de lo que ella era ahora, y quién tenga hermanos pequeños sabrá lo que describo. No jugaba con muñecas, pero casi.
Nuestro hogar desde aquel día, que Sara describía como mansión de cuento de hadas, yo lo llamaba casa de los horrores infestada de fantasmas. No se lo dije, no quería asustarla.
El lugar era verdaderamente enorme, pero sobre todo destacaba por el jardín. En la parte trasera, era muy extenso, y la hierba y flores descuidadas te llegaban más arriba del tobillo.
Y en ése mismo sitio había una torre vieja, de madera que, sorprendentemente, no se había quebrado ni parecía que fuera a derrumbarse.
Acababa en una pequeña terraza arriba, aunque más bien era una especie de mirador. Nuestros padres nos advirtieron enseguida de que no se nos ocurriera subir.
Así el primer día transcurrió con normalidad, y las tareas de la mudanza nos mantuvieron ocupados el resto de la tarde.
La tarde siguiente, yo me había sentado a leer en las escaleras del primer piso, pues en mi dormitorio, entre muebles y cajas de cartón y envoltorios,
no cabía ni un alfiler.
Entonces fue cuando vi a Sara que se acercaba. Miré por una ventana que había cerca sin tener que moverme del sitio. Aunque era verano, ya estaba atardeciendo.
Mi hermana, como sospechaba, quería ir abajo. Escondía algo, manteniendo los brazos tras la espalda. Le pregunté para qué iba a bajar.
Ella rápidamente me respondió que tan sólo iba a arreglar un poco el jardín y recoger unas flores. Intenté razonar con ella, diciéndole que se le haría de noche, y con lo grande y desconocido que era el jardín, se desorientaría. Era una pelea perdida. De nada me acabó sirviendo, tuve que hacerme a un lado y dejarla ir a la planta baja.
Recorrió las escaleras apresuradamente (vi que llevaba en las manos una regadera), y pude escuchar como decía algo que sería una explicación a nuestra madre.
Distinguí mi nombre, por lo cual pude deducir que había dicho algo sobre que yo le había dado permiso. Se oyó un portazo final.
La noche llegó pronto, y mi padre me pidió que saliera a avisar a mi hermana de que la cena estaba lista.
Así pues, cogí una linterna de la cocina y salí dispuesta a buscar a Sara.
-¡Sara!-Grité-¡Ya está lista la cena, ven!
No me extrañó nada que no me contestara. Era una de esas chicas a las que hay que decirles las cosas mil veces para que hagan caso.
-¡Sara!-repetí-¡Sara!
Nada. Pensé en que si se había adentrado más en el jardín, no me escucharía. Encendí la linterna y me adentré en la hierba para llegar a la parte más oscura.
-¡Sara!-Llamé de nuevo.- ¡Sara, Sara!
Tuve el mismo éxito. Suspiré. Creí que tal vez, al oírme llamarla, se había escondido para asustarme.
-¡Sara!-Chillé, esta vez con enfado.- ¡Sara, esto no tiene ninguna gracia!
¡Qué testaruda! Quería seguir con su broma cruel.
-Pues es una lástima que no vengas.-Dije en voz alta-porque hoy cenaremos tu comida favorita.
Normalmente eso habría sido suficiente para que terminara su juego y se dejara ver.
Entonces empecé a preocuparme realmente.
Recorrí todo el inmenso espacio llamando a Sara por su nombre, sin que tuviera éxito.
Entonces tropecé con algo, dejando caer la linterna. Tras comprobar que no me había hecho nada más que unos cuantos rasguños y que la linterna seguía dando luz, procedí a buscar el objeto que me hizo caer.
Lo encontré fácilmente. Lo recogí. Era una regadera de metal, idéntica a la que yo había visto que llevaba Sara. Exactamente igual. Porque era la misma.
Me vi obligada a volver a la casa, y decir a mis padres que por supuesto, no había encontrado a mi hermana. Confiaba en que hubiese entrado mientras yo estaba fuera, pero no era así.
Llamamos a la policía, y no supimos ni como sentirnos cuando nos dijeron que no se puede denunciar una desaparición de la que no han pasado ni veinticuatro horas.
Me fui a dormir, pero no lo conseguí. El recuerdo de Sara me perseguía, el recuerdo de la última imagen de ella que yo tenía.
¿Era culpa mía que se hubiese perdido? ¡Si yo hubiera discutido un poco más, si la hubiese hecho ceder!
En algún momento debí de soñar, pero sólo con unas sombras negras que se cernían sobre mí.
La mañana siguiente, bajé al jardín. Sabía de sobra que Sara no aparecería milagrosamente, pero esperaba que fuera así.
Fue entonces cuando tuve la peor idea que tuve en mi vida.
El mirador. Algo, un instinto de defensa, me había advertido de que no me acercase la noche anterior. Pero… ¿Y si ella estaba allí, de algún modo?
¿La habríamos oído gritar? O… ¡Tal vez si hubiera colado a por unas flores a la casa abandonada de enfrente y se había enganchado en la verja!
Millones de ideas así volaban por mi mente.
No tuve otra opción. Corriendo me acerqué a la vieja torre, y algo en mi subconsciente me dijo “No es una buena idea, no debes.” Pero, tras unos duros segundos de duda interior, decidí hacerlo.
Seguía teniendo aquél mal presentimiento, pero ya no me importaba.
Abrí la puerta y me adentré en aquél laberinto a lo alto de escaleras de caracol.
La sensación de alerta se hizo más fuerte. La puerta se cerró de golpe detrás de mí y la voz de mi interior ahora decía “¡Estás perdida! ¿Qué harás ahora que no puedes escapar?”. Sentía peligro sin saber por qué.
Subí las escaleras de madera que crujían a la vez que yo pasaba, y de repente…La estancia se volvió muy fría, y de no haber sido imposible, diría que estaba soplando viento. Seguí avanzando.
Y sólo entonces lo vi. No era algo concreto…Ni era alguien. Era…tan sólo la podría describir como la sombra que me había acechado en mis pesadillas.
Y en la realidad daba mil veces más miedo.
Me di la vuelta para verme cara a ella. Seguía siendo algo tan impreciso e indescriptible. Sabiendo que no podía avanzar hacia la puerta, subí los escalones hacia atrás, de forma que no le daba la espalda a aquella sombra espantosa. Pero me seguía, obligándome a acelerar el ritmo.
Pronto, noté el aire fresco en la cara. Había llegado a la azotea.
Continuó acorralándome hasta a obligarme a estar pegada a la barandilla.
No podía moverme hacia delante, tampoco hacia atrás.
Y aquello empezaba a acercarse, rompiendo la distancia.
Miré abajo, desesperada. ¡Mis padres! Hice gestos con las manos, y ellos los devolvieron. Parecían preocupados, pero no por el mismo motivo que yo. Ellos claro, no podían verlos. Porque a aquel espantoso espectro no le importaban mis padres, como tampoco le había importado mi hermana Sara. Sólo me quería a mí, estaba totalmente segura.
Mis padres desaparecieron un momento de mi vista y oí ruidos como de intentar abrir la puerta. No lo consiguieron, claro que no. Y aquello ya estaba demasiado cerca, demasiado cerca para pensar nada.
La sombra estaba a punto de caer sobre mí, así que era ella…o tirarme y caer al suelo. El frío, espantoso, doloroso y letal suelo…o la horrible criatura que no se daría por satisfecha hasta conseguirme. Vistas las dos opciones, sólo había una verdaderamente válida…El suelo parecía una alternativa mucho más segura ahora.




Laura Martínez 1ºA

1 comentario:

  1. Está muy bien pero tendría que ser más corto es muy largo y da pereza a veces leer tanto, y tendría que haber puesto un título.

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